“Me siento vieja desde que era chica”

Hasta el 3 de julio, con entrada libre y gratuita, se podrá visitar en el Parque de la Memoria la muestra Escuela de envejecer, de la artista Ana Gallardo, quien -a sus 60 largos- habló con Comunidad PAMI sobre el paso de los años.

“El trabajo que hago es ferozmente reparador”, dice la artista Ana Gallardo sobre su experiencia en la muestra Escuela de envejecer, que se expone en el Parque de la Memoria hasta el 3 de julio. Entrada libre y gratuita. Desde México, donde vive con su pareja y su hija, Gallardo conversa con Comunidad PAMI acerca de la importancia de darle una vuelta de tuerca a la temática de la vejez.

Lo dice en referencia a la violencia que se ejerce sobre los viejos. En su caso, recuerda la cara de espanto de una ginecóloga cuando dejó de menstruar. Su muestra es, en este contexto, una lucha contra los prejuicios. “No soy una terapeuta, pero el arte es una herramienta que claramente transforma. Transforma al artista y al microcircuito del artista. Lo que propongo es una conversación íntima de cosas que nos atañen. Antes no se hablaba de la violencia de género. Es más, hay mujeres que aún hoy no se sienten violentadas. Cuando alguien puede decir, contar, hablar de eso, se produce una liberación. A mí me hace bien que esa herramienta que propongo facilite el diálogo”, se presenta a través del Zoom.

Escuela de envejecer es el resultado de diez años de trabajo. Experiencias propias y ajenas. Videos, textos. Historias. Palabras. Imágenes. “Esta muestra trascendió el mundo del arte. De golpe es una muestra que tiene un público enorme y ferozmente amplio. Va gente que no es consumista del mundo del arte. La visita una cantidad de personas mayores que se sintieron interpeladas y evidentemente necesitan conversar del tema”, comenta Gallardo. “Hay pocos espacios para hablar del tema. Esto me desbordó. porque se convirtió en una muestra popular”, agrega.

-¿Cuál fue tu primera sensación tras inaugurar la muestra?

-La muestra me puso en contacto con una tercera edad que no conocía. Gracias a la Escuela de envejecer hablo con mujeres y compañeras sobre el trabajo de envejecer. La vejez, justamente, fue un tema que siempre me agobió. Es una obsesión que tengo con el tema. No es de ahora. Cuando era chica pensaba que irme a dormir era como un ensayo de la muerte. Y ahora estoy en la vejez.

-¿Qué rol juega el aspecto físico?

-Mucha gente me dice que no soy vieja, pero lo soy. Hablo del tema desde una mirada política, porque la sociedad es la que impone el maltrato. Le tengo terror al deterioro por la vejez y a la muerte y a la agonía, al darme cuenta de que me voy a morir.

-¿De dónde te viene eso?

-Lo sufrí con mi mamá y me marcó. Mi miedo a morirme me hacía pensar que no iba a pasar la edad de mi madre, 38 años. Aún hoy hablo mucho del tema; con mi hija lo hablo todo el tiempo. Trato de entender que la muerte es parte de la vida pero no me calma.

-¿Cuándo o cómo llegás a la temática de la violencia de género?

-Siempre trabajé en la violencia de género. Desde chica, cuando pintaba. Quería visibilizar algo que en el mundo del arte no era visible: la violencia sobre las mujeres. El aborto, las cuestiones domésticas. Y cuando detecté que efectivamente comenzaba a envejecer, entendí que había una violencia de la que nadie hablaba: la de la vejez. A los 45 años se me fue la menstruación y la ginecóloga me miró con cara como diciendo ¡sos vieja! Ahí estaba la violencia, que en la medicina es feroz. Sobre todo con la vejez. La menopausia marca un antes y un después no sólo corporal sino también social.

-¿De qué manera se produce el acercamiento con el público de tus muestras?

-Los hombres viejos y mujeres me cuentan sus experiencias. Recuerdo el maltrato a mi padre en sus miedos a morir. Todo eso me llevó a comenzar estas piezas ancladas en una investigación sobre lo que representa envejecer.

 

-¿Cómo era esa juventud tuya en la que pensabas tanto en la vejez?

-Ya a mis 20 años no andaba con gente de mi edad sino con gente mayor. Era una chica adulta a los 18. No encajaba con los de mi edad. Incluso me siento más joven ahora que cuando tenía 20. Es que estoy desaprendiendo muchas cosas que hacemos las personas mayores. Entiendo que hay que desarmar lo que somos o lo que sabíamos. Eso es lo que nos hace cada vez más jóvenes. Obviamente hay gente mayor a la que le cuesta cambiar.

-Te fuiste muy chica de tu casa, ¿no?

-Mi vida y de mi hermana están marcadas por una orfandad y soledad fuertes. Cuando murió mi mamá nos internaron un tiempo en Rosario. Después la familia de mi madre nos llevó a México y luego a España. Regresamos a la Argentina a vivir con mi padre cuando recién cumplía 12 años. Mi padre era un bohemio, un artista; y la familia de mi madre era conservadora. Creo que mi padre no sabía cómo hacerse cargo de nosotras y la familia de mi mamá no quería que ese señor informal, bohemio, se hiciera cargo de nosotras. Conclusión: rolamos por colegios de monjas. Cuando llegamos a Buenos Aires claramente mi papá no sabía qué hacer con nosotras. Yo tomaba y fumaba a los 12 años delante de mi padre, que no ponía límites. A mis 15 se casó con otra mujer y la vida familiar se convirtió en un infierno. Así que a los 17 me fui de mi casa, trabajé y me independicé. O sea que sí, soy grande desde chiquita.